Geometría





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CONSTANTE (I) - Energía del vacío

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Eres parte de esa fuerza incontrolable,
la que expande el silencio entre las cosas;
la que en órbitas lentas y ominosas
vuelve toda cercanía inalcanzable.

No hay ruego que la vuelva negociable,
ni ley que ataje sus mareas sigilosas:
abre en lo íntimo fisuras imperiosas
y deja al vínculo en ruina irrevocable.

No es desdén —lo comprendo— ni distancia,
ni un gesto tuyo el que dicta esta deriva,
sino un pulso anterior a toda instancia.

Porque en ti, como en una ley cautiva,
obra el vacío con tal perseverancia
que amar es ya expansión que nos esquiva.

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CONSTANTE (II) - Expansión 

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Hay quienes son umbrales del vacío,
cuerpos donde la fuga se hace norma;
todo lazo, en su órbita, se deforma;
y amar, en ellos, es tender al frío.

No es voluntad: responden a un desvío
más antiguo que toda humana forma;
algo en su ser el vínculo transforma
en lenta disgregación de lo que ha sido.

No hieren —no—: obedecen a una ciencia
sin nombre, a un orden vasto y desmedido
que excede toda culpa y toda agencia.

Y así comprendo, al verte, lo sabido:
que hay en tu modo fiel correspondencia
con esa ley que aparta lo querido.

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FUERZA

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Hay una fuerza potente, no domada,
una que no hemos podido controlar;
aunque la mente insista en ordenar,
ella deshace toda arquitectura.

Dicta la razón: “conviene estar
solo, a resguardo de la desventura”;
mas vive, bajo toda ligadura,
algo que ignora el arte de negar.

Basta una luz cayendo en una frente,
un leve gesto ajeno, inadvertido,
para torcer el curso del presente;

y aquello que la mente había erigido
cede ante un peso oscuro y persistente:
ser atraído, aun sin ser querido.


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EL HORROR ÚLTIMO

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Llamamos “amor” —por no decir abismo—
a esta fuerza que insiste y nos reclama,
como si en su designio ardiera un prisma
que en toda unión, la separación trama.

No es don, ni azar, ni pacto de sí mismo:
es ley que en lo viviente se derrama;
y al acercar los cuerpos, ya proclama
la lenta disolución de su espejismo.

Así, lo que sentimos como encuentro
no es más que un punto ínfimo, en la caída,
un breve error de escala en lo más dentro;

pues toda cercanía está medida
por esa expansión que, desde el centro,
nos nombra amor, y a la vez nos olvida...

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RITO / MITO

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Nos inclinamos ante la indiferencia
de esa ley que llamamos ternura;
encendemos velas en la oscura
certeza de su exacta complacencia.

No hay milagro. No hay residencia
para el ruego. Toda criatura
que ama se convierte en la fractura
que esa misma ley hace presencia.

Y sin embargo arden los altares,
y sin embargo el cuerpo se arrodilla,
y el beso es un intento de plegaria.

Porque el horror, en su vasta silla,
nos permite estos pequeñosares:
creer que el vacío nos contempla y mira.

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ATRACCIÓN

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No es voluntad: el mundo se ha inclinado
en una curva lenta e invisible;
y todo lo que juzgo divisible
se pliega hacia un centro no nombrado.

Camino recto —creo—, mas soy llevado
por un desvío, exacto e infalible;
pues hay en lo real algo indecible
que acerca lo que estaba separado.

Así tu forma altera la distancia,
no por querer, ni aun por concederla,
sino por ley anterior a toda instancia:

el espacio, al tocarte, empieza a arderla
en curvatura tal, que la constancia
de estar lejos se quiebra al recorrerla...

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SONETO DE LA SEPARACIÓN 

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No es que nos acerquemos: es el suelo
del mundo el que se curva entre los dos;
la luz —fiel a su ley— nos traza en pos
de un mismo error, que finge un mismo vuelo.

Creemos coincidir; mas es un velo
de forma el que persuade a nuestra voz:
pues cada cual persiste, y va en pos
de un rumbo propio, ajeno a todo anhelo.

Así, lo que supones convergencia
no es sino una apariencia sostenida,
un arco que promete una inminencia;

y en esa cercanía mal medida
se cifra —con serena indiferencia—
que nunca fue recorte de distancia.


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ENTROPÍA

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Llamamos "calor" a ese desorden lento,
a esa tendencia irreversible y ciega,
que en todo sistema se repliega
a un estado de silencio hambriento...

Así resulta el amor: no es movimiento
hacia otro —es gradiente que se entrega
a su propio nivel, fuerza que niega
el orden que soñamos en su aliento.

No es pérdida: es un sistema enfriándose
por esa ley que antecede al deseo;
dos cuerpos igualando, disolviendo

la diferencia que llamamos vernos.
El equilibrio llega. Y con el, lo horrendo.
La muerte: ya no queda dónde arder.

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AGUSTINA

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No supe que el espacio se ha plegado,
que nuestra cercanía, era geometría;
que lo que nombro como compañía
era un ángulo exacto, no un cuidado.

Ignoré que el calor que me ha rozado
obedecía a una ley, no a una alegría;
que ese instante de aparente armonía
cifraba el vector de lo que es alejado.

Ahora mismo creía que eras vos:
tu peso curva el mundo, y eso basta
para llamar "encuentro" a este desvío.

Ni sé que entre los dos no hay sino dos
trayectorias que el espacio contrasta,
y un nombre, puesto encima del vacío...

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CONSTANTE (III) - Constante de Planck

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Creemos movernos: es luz que miente,
persistencia que nuestro ojo necesita;
entre fotograma y fotograma habita
una franja negra, el corte, lo ausente.

Así también tu forma: lo que siente
mi mano al rozar la tuya, imita
una continuidad que se marchita
en el instante exacto, impermanente.

No hay contacto: hay estados sucesivos,
quantos de presencia, separados
por un vacío anterior a los motivos.

Y en esos intervalos no nombrados
—entre un latido y otro— somos vivos
en instantes siempre desincronizados.

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FOTOGRAMAS

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Creemos avanzar; es nuestro ojo
el que une los instantes separados
y finge un movimiento entre los lados
del abismo que late en lo mas hondo.

No hay flujo: hay salto. No hay apoyo
continuo entre los cuerpos enlazados;
hay fotogramas fijos, y entre estados,
una franja negra donde nadie ve.

Llegué un segundo tarde. No es azar:
mis quantos y los tuyos no ocuparon
el mismo instante. Así opera la ley.

El universo sólo nos dejó rozar
la orilla del encuentro, y nos negó 
el mismo píxel. Eso fuimos. Eso hay.


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CONSTANTE (IV) - Constante de Estructura fina 

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Trillones de variables calibradas
para que este desastre fuera exacto;
la luz aprendió a tocarte —ese es el pacto
que hizo posibles estas madrugadas.

Si alpha viera apenas desplazadas
sus cifras, no habría rostro, ni contacto,
ni este dolor de verte —ese abstracto
fuego en frecuencias nunca consultadas.

El universo no te eligió por nombre:
ajustó sus constantes hasta el punto
donde algo como tu pudiera arder.

Y yo, calibrado para ese asombre,
fui instrumento exacto, el contrapunto:
la precisión del daño al encender.

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